La Dirección General de Tráfico celebra hoy el quinto aniversario de la implantación de los 30 km/h en las calles de un único carril de circulación por sentido de las ciudades, una medida que nació, no solo con el objetivo fundamental de reducir los fallecidos por siniestros de tráfico en las ciudades, sino también el ruido y la contaminación, mejorando de este modo la calidad de vida de los ciudadanos.
En mayo de 2021 España se convirtió en el primer país del mundo en implantar esta medida de forma generalizada, decisión que fue en su momento muy bien acogida por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud, la Comisión Europea o el ETSC, que veían a España como modelo inspirador para que otros países decidieran adoptar esta medida de reducir la velocidad para salvar vidas, algo que han hecho ya en Gales y otros, como por ejemplo Grecia, tienen planes para hacerlo próximamente.
El límite de 30 km/h es el gran paso para el calmado del tráfico, la velocidad a partir de la cual, según la OMS, pueden convivir todos los medios de desplazamiento en las ciudades, reduciéndose tanto el riesgo sufrir un siniestro de tráfico como la gravedad de este. A 50 km/h la probabilidad de fallecer en un siniestro de tráfico es del 80%, mientras que a 30 km/h, se reduce al 10%.
El establecimiento de los 30km/h no es una medida puntual, sino que se enmarca en un proyecto de movilidad urbana que descansa en el modelo que dice que el 20% de la longitud de las calles de las ciudades soporta el 80% del tráfico urbano. Estas vías son las de entrada y salida de la ciudad y las que enlazan los nudos de distribución entre los barrios, que deben estar blindadas a 50 km/h para garantizar la necesaria fluidez circulatoria. Fuera de esta red, queda el 80% de la longitud de las calles que solo soportan el 20% del tráfico. Estas vías son las que se utilizan para salir o llegar a destino y donde entra el calmado del tráfico a 30 km/h.
Además, la presencia cada vez mayor de nuevos actores de la movilidad en las ciudades, hacen que todos ellos tengan que compartir un espacio finito, cuya seguridad solo se puede conseguir reduciendo la velocidad de circulación.

