Es primera hora de la mañana. Marga conduce después de hacer el turno de noche en el hospital; aún le esperan tres horas al volante. Demasiadas. Aguanta dos, hasta que el cansancio la vence. Se queda dormida en una carretera secundaria y el coche se sale de la calzada por la derecha a unos 60 km/h. Despierta en el momento en que las ruedas delanteras pisan fuera del asfalto. Instintivamente frena fuerte, sin mover el volante, y deja que el coche siga avanzando hasta detenerse sobre un campo de cultivo. Un accidente sin consecuencias graves, afortunadamente. Porque un volantazo, una curva, un terraplén o más velocidad lo habrían cambiado todo.
Margarita Arroyo, sanitaria de profesión y portavoz de STOP Accidentes en el País Vasco, tuvo ese accidente hace ya unos años. No sufrió daños en esa ocasión. Pero la tragedia llegaría tiempo después. El coche en el que viajaba su hijo de doce años se salió –a solo 30 km/h– de una carretera mal señalizada y cayó a un canal. Fallecieron los seis ocupantes.
Historias como estas muestran las consecuencias de uno de los siniestros más letales, frecuentes y complejos en las vías interurbanas.






